Clase 1
¿De dónde venimos que no nos hemos ocupado del liderazgo?

OTRAS NECESIDADES: APRENDER Y CAMBIAR EN ENTORNOS DE INCERTIDUMBRE

La idea de conducción de las instituciones, ligada sólo a la noción de jerarquía y sucesos lineales, sucumbe frente a las nuevas circunstancias de incertidumbre, turbulencias, a los profundos quiebres históricos, así como ante las veloces y reiteradas transformaciones.

Cambia también la concepción que diseñaba una organización necesitada de varios niveles de jerarquía y control para desplegar proyectos y planes exitosos. Las estructuras de muchas organizaciones comienzan a revertir la tendencia de tener enormes pirámides jerárquicas en las que predominaban las relaciones verticales de subordinación. Tiempos de rápidos cambios exigen rápidas respuestas, cimentadas sobre re-creaciones del saber, múltiples e inteligentemente articuladas en el diseño de un producto o de un servicio.

Las jerarquías reconcentradas y dueñas de todas las facultades de diseño y de todas las decisiones es incapaz de responder con eficacia y eficiencia en la resolución de los actuales problemas. Las grandes pirámides incrementan costos de funcionamiento, desconocen las competencias y los saberes específicos de los distintos actores. La jerarquía no implica comunicación ni consenso.

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El rediseño de las organizaciones se construye sobre otras bases: una pluralidad de sujetos, incorporación de sus múltiples saberes, la consideración del aprendizaje sobre la misma organización como máximo propósito, y la identificación y el despliegue de un futuro que oriente hacia dónde dirigirse. Es decir que la estructura llega a achatarse, se simplifica, y tiene posibilidad de redefinir el sentido de los roles y de las funciones de quienes trabajan en una organización.


La identidad de los directivos y sus funciones dentro de la lógica burocrática tendía a priorizar y conservar el funcionamiento tradicional; asimismo, el respeto a las reglas del juego instaladas intentaba reducir las discrepancias y optimizar los recursos, esto es, apuntaban al mantenimiento, en cierta manera, del statu quo. Su trabajo se orientaba sobre todo a las reformas menores, aquellas que exigen la resolución de una parte de las pequeñas crisis cotidianas mediante la adopción de medidas urgentes. Este directivo no es -en principio- un innovador de la institución escolar, sino un directivo con una concepción de administrador administrativista.

En estos contextos de acelerados cambios y de grandes dinamismos sociales y culturales, las organizaciones educativas -y específicamente cada una de las escuelas- se hallan forzadas ante un dilema de hierro: propiciar procesos de mejora continua o dejar de ser visibles o de ser referentes ante las múltiples demandas.

En estos contextos se necesitan nuevos estilos de dirección: se trata del desafío del liderazgo, del cambio continuo y el aprendizaje sobre lo que hacemos en tiempos de incertidumbre. En ese sentido, ser directivo de un colegio ya no es conducir. La trama es otra, la complejidad también.



Ser directivo ya no es conducir

La tarea de dirección de grupos humanos no es una cuestión de ordenar y controlar. La idea de jefe como jerarca ha cambiado o -más precisamente- transita hacia un cambio muy relevante. La jerarquía entendida como control desalentó el desarrollo del compromiso y la responsabilidad, y obstaculizó el trabajo creativo de casi todos, al tiempo que nunca concibió el trabajo en equipo.

Esta función ya no resiste una práctica restringida al mantenimiento del orden y del control a través de los procedimientos.


Las premisas de los procesos de trabajo del modelo taylorista y las del modelo burocrático se apoyaban en la necesidad de generar rutinas de trabajo, de censurar el desarrollo de criterios propios y explícitos por parte del operador, privilegiando la organización centralizada, la planificación con detalle de los rituales, y las tareas individuales que se encadenaban a través de múltiples procesos de inspección y control.

Para “administrar lo dado” se requieren ciertas certidumbres: de tecnologías, de mercados, de calidades, certidumbres con las que ya no contamos. Sacudidos por las fuertes transformaciones de los contextos sociales, políticos, productivos y tecnológicos que dibujan nuevas tensiones y desafíos; en contextos más complejos, dinámicos, exigentes y cambiantes, en tiempos turbulentos donde lo que se sabe no alcanza para comprometerse con decisión a impulsar y generar cambios, es necesario reconocer la necesidad de otros saberes y competencias.


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